A todos nos gusta un cierto reconocimiento en lo que hacemos. Hay personas que lo necesitan de la mayor parte de quienes le rodean y otras que son más selectivas. El músculo de la búsqueda de reconocimiento es innato: comienza en nuestra infancia, persiguiendo a nuestros padres para que vean lo bien que hacemos las cosas, lo que nos ayuda a forjar autoestima y seguridad en nosotros mismos. Durante la adolescencia, la opinión del grupo gana fuerza (muchas veces en exceso) y, ya de adultos, seguimos en esta búsqueda dependiendo de nuestro carácter, ya sea a la hora de cocinar, hacer un informe o bailar en una discoteca. El problema lo encontramos cuando se tiene la imperiosa necesidad de ser reconocido a toda costa. Cuando alguien, por ejemplo, hace una presentación a varias personas y a la mayor parte le gusta, excepto a una… esa evaluación negativa es capaz de amargarle los resultados totales. Pues bien, detrás de este comportamiento lo que se oculta es un escalofriante miedo al fracaso y un punto flaco, porque, como resume Hans Selye, el médico precursor del estudio del estrés, “tanto como anhelamos la aprobación, tememos la condena”.
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