Nadie le considera un actor de carácter. Tampoco él lo ha intentado. Y a pesar de (o quizá gracias a) ello, Harrison Ford (Chicago, 1942) es la mayor estrella de nuestra generación, de la anterior y a este paso también de la siguiente. Porque nadie ha pronunciado jamás la frase "no me gusta Harrison Ford". Es una persona que cae bien a hombres, mujeres, abuelos y niños. Un estatus que ha alcanzado sin que nunca parezca que se está esforzando para conseguirlo, como si su carisma y su presencia fueran innatas. Como si hubiera nacido para ser una estrella.
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