El De Martino Viejas tinajas es un vino emocionante. Apenas he dado el primer sorbo y ya estoy prendado. Hay otro vino de uva cinsault que responde a esa etiqueta, pero hablo del que Marcelo Retamal y Eduardo Jordán produjeron para los De Martino en 2015, con uva moscatel cultivada en la Cordillera de la Costa del Valle del Itata, uno de los espacios más nombrados y perseguidos en el nuevo tiempo que vive el viñedo chileno. Lo acabo de encontrar y es una de las experiencias más gozosas que he vivido en mi último viaje a Santiago. El encuentro con el vino es turbador, tanto por la intensa y elegante gama floral que te inunda en cuanto acercas la copa a la nariz como por la certeza de estar ante un vino diferente. Ha fermentado y crecido en viejas tinajas de arcilla, perfilando un carácter que marca diferencias. Es un vino festivo y también serio, alegre y con empaque, se va a un 13 % de contenido alcohólico pero todo en él está tan integrado que apenas se hace notar. Cada sorbo anuncia un futuro largo y gozoso. Anoto un “¡comprar!” cargado de exclamaciones y me aplico a la tarea nada más salir de la cata. Llamo a las tiendas grandes: imposible. Unos nunca lo tuvieron y los demás vendieron todo lo que tenían. En bodega me dicen que hace dos semanas liquidaron las dos últimas cajas. Ni modo. Movilizo a mi compañera de cata, especializada en búsquedas imposibles, y localiza dos botellas en una pequeña tienda de Providencia. Está claro que la demanda no se corresponde con el escaso volumen de producción.
from Sección Estilo | EL PAÍS http://ift.tt/2gfM6bX
via IFTTT