A veces, se te hiela la sangre al refrescar la pantalla del móvil. Acaricias la pantalla para actualizar por enésima vez las noticias esperando toparte con el enésimo Trumpazo, lees: “Muere Bimba Bosé a los 41 años”, y se te caen a plomo las defensas, las certezas y los ánimos. Bimba y muerte en la misma frase y no es un oxímoron: la vida es un asco; el mundo, una mierda; no somos nadie. Sabíamos por ella que estaba enferma. Por ella sabíamos que la cosa iba en serio. Ella y no otros había llamado desde el primer al último minuto a las cosas por su nombre. Pero siempre es demasiado pronto para morir, aunque se sepa. Bimba, lo decía su nombre de paz y de guerra, era todavía una muchacha. Quizá no tanto de armas tomar como de no deponerlas. Y su fin nos pone a todos en nuestro sitio.
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